Eran las tres y media de la
mañana y hacía un calor infernal. Estaba tumbado en la cama, desnudo, tratando
de dormir, pero era completamente imposible. No corría ni la más ligera brisa
de aire, y la temperatura en el dormitorio debía superar los 30 grados. Mi
cuerpo estaba totalmente empapado en sudor. Empecé a sentir sed, así que decidí
ir a la cocina a beber agua. Como era tan tarde, no me vestí. Teniendo en
cuenta la hora, veía poco probable que ninguno de mis compañeros de piso, un
chico y una chica que estudiaban conmigo en la universidad, se levantase y me
viese así.
En cuanto el agua empezó a pasar
por mi garganta sentí un gran alivio. Sabía que en cuanto terminase iba a
empezar a sudar toda el agua que estaba bebiendo, pero no me importó. Un pequeño
hilo de agua se deslizó por las comisuras de mis labios. Estaba tan
concentrado, que escuché cómo una llave entraba en la cerradura de la puerta un
segundo más tarde de lo debido, y me quedé sin posibilidad de reacción. Julia,
mi compañera de piso, acaba de entrar en el apartamento acompañada de una amiga
suya a la que no conocía. Ambas estaban en evidente estado de embriaguez,
riendo sin parar. La cocina estaba a la izquierda de la puerta de entrada nada
más entrar en el domicilio, lo cual hacía imposible que saliese de la cocina
sin que me viesen. Decidí quedarme allí, esperando que pasasen de largo hacia
el cuarto de Julia y no se fijasen en mí. No hubo suerte. En cuando pasaron por
delante de la cocina, la luz encendida hizo que reparasen en mí. Yo me tapé el
pene con las dos manos, para evitar que me viesen. Me miraron de arriba abajo
durante dos segundos, tras lo cual empezaron a reírse a carcajadas. Mi amiga
Julia era una chica menuda de 19 años, pelo largo rizado, de grandes ojos
marrones y bonita sonrisa, con una nariz respingona. Su desconocida amiga era
una chica también de unos 19 años de lo más normal, ni gorda ni delgada, ni
guapa ni fea, ni alta ni baja, aunque el tono pelirrojo de su cabello y sus ojos
claros le daban un cierto toque morboso muy agradable. Ambas iban con vestidos
escasos de tela que encajaban bien con la época del año en la que nos
encontrábamos, y que tapaban lo mínimo tanto por arriba como por abajo.
- Vaya, ¡menudo recibimiento nos das!
Con compañeros como tú da gusto volver a casa – dijo Julia. Resultaba difícil
entenderla de lo que había bebido.
- Pensaba que tanto Raúl como tú
estaríais ya durmiendo.
- Jajaja, no hay problema, yo
encantada.
- Bueno, me voy a mi cuarto,
buenas noches – dije, deseando que me dejaran pasar sin más problemas.
- Nooo, espera, que te voy a
presentar a mi nueva amiga – dijo mientras me agarraba por un brazo. - La acabo
de conocer, pero es un encanto, ya lo verás. Se llama Laura.
- Pero qué dices, Julia, ¿no ves
cómo estoy? Déjame, por favor.
Laura se interpuso en mi camino y
me dio dos besos. Como Julia me estaba sujetando por detrás no pude evitarlo.
No veía el momento de salir de allí de una vez. ¡En buena hora se me ocurrió
salir así de mi dormitorio!
- Bueno, venga, ya me la has
presentado. ¿Me puedo ir ya por favor?
- ¿Pero por qué te quieres ir? Si
sé que siempre te he gustado. Deberías estar encantado de que te viera así.
Además, resulta que mi nueva amiga es virgen. Ya que estás así, podrías hacerle
un favor, ¿no?
- Oh, sí, por favor – dijo Laura,
hablando por primera vez. – Tengo ganas de saborear un pene de una vez.
Tras decir estoy, me dio un
fuerte abrazo, lo que hizo que sintiera sus pechos contra mí. Eran blandos, y
no pude evitar imaginarme que eran redondos, con pezones de un ligero tono rosáceo.
El abrazo duró unos diez segundos, y al separarse ya había comenzado una cierta
rigidez en mi miembro. Ella, al verlo, abrió mucho la boca, se puso de rodillas
y empezó a besar mi pene. Desde mi posición tenía una hermosa vista de su
escote, lo que hizo que la rigidez fuese en aumento. Yo empecé a tocar a Julia,
que seguía detrás de mí, y que desde luego me resultaba mucho más apetecible
que Laura.
- No, las manos quietas de
momento – dijo ella. – Yo soy el postre. Si quieres follarme, primero tendrás
que follarte a Laura.
Mi menté pensó durante medio
segundo, tras lo cual levanté a Laura y la incliné sobre la mesa de la cocina.
No tuve ni que levantarle el vestido, y no llevaba ropa interior, así que al
inclinarla todo su culo quedó a mi vista. La penetré y empecé a moverme con
intensidad para terminar lo más rápido posible. Quería hacerla disfrutar, pero
no podía evitar pensar que mi objetivo era Julia, que estaba de pie, a nuestro
lado, mirándonos con media sonrisa en el rostro.
Aunque estaba bastante excitado,
aquella situación no pasaba por mi mente cuando me levanté a beber agua, por lo
que tardé un rato en eyacular. Cuando por fin terminé, me quedé unos segundos
dentro de ella, para que me sintiera bien.
- Bueno, – le dije a Julia – ya
he cumplido, ¿no?
- Mmmmm, no sé, no sé… ¿Tú has
disfrutado, Laura?
- Síí, mucho, pero me gustaría
que me comiera el coño un rato – dijo Laura.
- Venga ya, ¿en serio? – no podía
creérmelo; yo solo podía pensar en el cuerpo desnudo de Julia, que todavía no
había tenido la suerte de ver.
- Si quieres tenerme, ya sabes lo
que tienes que hacer.
Viendo que no tenía otro remedio,
ahora fui yo el que se puso de rodillas, y procedí a lamer la vagina de Laura.
Tenía un cierto gusto extraño, tal vez debido a que mi semen acaba de pasar por
ahí, aunque afortunadamente no me encontré ninguna prueba de ello más allá del
sabor.
Estuve unos tres minutos lamiendo
y besando su vagina, y metiendo los dedos con cuidado. Sentía cómo los músculos
se contraían del placer.
- Ya sí es suficiente, ¿no? – le
pregunté a Laura
- Síí, muchas gracias, ha sido
genial.
- Anda, ven aquí, tonto – dijo
Julia, por fin, mientras se desabrochaba el vestido. Ella sí que llevaba ropa
interior: un precioso tanga azul y negro.
No me lo tuvo que repetir dos
veces; me levanté y fui hacia ella. Le bajé de un fuerte tirón el tanga y así,
por fin, la tuve totalmente desnuda frente a mí. Era aún mejor de lo que me
había imaginado (y lo había imaginado en innumerables ocasiones). Tenía unos
pechos de buen tamaño, pero naturales, redondos y en la posición perfecta. El
entrenamiento que hacía casi diariamente le hacía tener unas hermosas curvas y
un cuerpo ligeramente fibrado. La vagina estaba depilada al completo, dejando a
la vista unos hermosos labios que estaba deseando besar, y que dejaban levemente
a la vista las capas inferiores de su sexo. La tumbé en el suelo, y empecé a
besar su vagina. Nuevamente noté cómo se contraía el cuerpo por el placer.
Mientras tanto, Laura se puso a tocarme el pene. Parecía obsesionada con él; se
limitaba a tocarlo y chuparlo siempre que podía. Entre la excitación por estar
comiéndole la vagina a Julia, lo cual llevaba un año y medio soñando con hacer,
y la estimulación que me producía Laura, volvía a eyacular de nuevo, lo cual
encantó a Laura.
- Oooh, qué bonito, más semen – y
por el rabillo del ojo vi cómo posaba sus dedos sobre el líquido, que había
caído al suelo de la cocina, y se los llevaba a la boca. – Está muy rico,
¿sabes?
No le hice mucho caso. Estaba
concentrado en hacer disfrutar a Julia. Quería que para ella fuese inolvidable,
que quisiese repetir lo antes posible.
Después de saborear esos ricos
labios durante varios minutos, pasé a saborear los labios de su boca. La penetré,
con más delicadeza de lo que había hecho con Laura, y empecé a moverme.
Mientras lo hacía no podía dejar de mirar su preciosa cara, y me resultó
tremendamente excitante que ella también lo hiciera. En esa situación, como no
podía ser de otra manera, en poco tiempo ya estaba a punto de eyacular de
nuevo. Cuando lo hice, sentí como si un rayo recorriera todo mi cuerpo. Ahora
fui yo quien contrajo todos sus músculos. Después de eso, me quedé tumbado
encima suya, completamente inmóvil. Solo deseaba quedarme allí, sin que nadie
se moviera, hasta que tuviésemos ganas de tener sexo otra vez. No quería que
ese momento se acabase nunca. Sin embargo, Julia me empujó con delicadeza hacia
un lado, y se puso de pie. Las dos, Julia y Laura, totalmente desnudas, me observaban
desde la altura, mi pene todavía erecto y ligeramente mojado en la punta debido
a todo el semen que había expulsado.
- Qué bonitos se ven vuestros
coños desde aquí. ¿Puedo hacerles una foto? – les dije.
Ellas se rieron. Lamentablemente
se lo tomaron a broma. Fue una pena, porque habría sido un material maravilloso
para cuando decidiese masturbarme en el futuro.
Me puse en pie, y ahora fui yo el
que las abrazó a las dos. Al hacerlo, mi pene entró en contacto con la cadera
de Laura, que empezó a reírse.
- Esto tenemos que repetirlo,
¿vale? – dije, deseando que esta vez no se lo tomaran a broma.
- Bueno, ya lo veremos. No todos
los días voy a haber bebido lo suficiente como para querer tener sexo contigo –
dijo Julia.
Laura empezó a vestirse, pero afortunadamente
Julia se quedó desnuda por el momento.
- Yo debería irme – dijo Laura,
riendo como casi siempre.
Vino hacia mí, me dio un fuerte
abrazo, un beso en los labios y una ligera chupada en el pene, y se dirigió
hacia Julia.
- Bueno Julia, luego hablamos,
¿vale?
Y casi sin esperar a la respuesta
de Julia, se dirigió a la puerta y se fue.
Julia y yo nos quedamos callados,
apoyados en la pared de la cocina, y mirándonos fijamente durante unos
segundos. Me daba miedo hablar, porque no quería que aquel momento de felicidad
se acabase. Finalmente, fue ella la que rompió el silencio:
- Bueno, deberíamos vestirnos,
¿no?
- ¿Por qué? Yo estoy muy cómodo
así. De hecho recuerda que cuando llegasteis ya estaba así vestido – dije,
mientras hacía las señas de las comillas con las manos. – Deberías probar a
estar un día así, es muy agradable.
- Me lo pensaré. Otro día que
esté tan bebida como hoy tal vez lo haga – dijo mientras me guiñaba un ojo. -
Pero por hoy creo que ha sido suficiente. Me voy a dormir que tengo mucho
sueño.
Y tremendamente animado por esta nueva perspectiva, me
dirigí a mi dormitorio para tratar de conciliar el sueño, lo cual sabía que me
costaría mucho menos de lo que me había costado hasta antes de levantarme a
beber agua.
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