jueves, 14 de junio de 2018

La madre de mi amiga. Capitulo I

Capítulo I

Noche de fiesta hasta las 4 de la mañana. Como era tarde, acompañé a Alicia a su casa. Me daba miedo dejarla irse sola a su apartamento a esas horas y en el estado en que se encontraba: totalmente borracha. Más aún teniendo en cuenta que era una chica realmente atractiva. Pelo castaño, ojos de un precioso tono almendrado, cara fina y angulosa, y con una bonita figura. Al llegar a su apartamento y tratar de meter las llaves en la cerradura, se le cayeron hasta cuatro veces al suelo. Cada vez que se agachaba, el vestidito suelto negro de tirantes que llevaba se le levantaba dejando a la vista un precioso tanga rojo que se le metía entre sus nalgas. Evidentemente me contuve, porque no habría podido aprovecharme de mi amiga en una situación así, a pesar de lo mucho que me gustaba. Aun así, no pude evitar deleitarme la vista cada vez que se inclinaba para recoger las llaves.
Cuando por fin entramos en su casa, después de más de 5 minutos en la puerta, la acompañé a su habitación. A mitad de camino, nos encontramos a su madre. Era una señora de unos 45 años, rubia de ojos verdes y de buen porte. Llevaba un camisón largo, lo suficientemente translúcido como para pensar que en caso de haber habido más luz habría podido disfrutar ligeramente de su anatomía. Al verla, pensé que probablemente no llevaría ropa interior, y a mi mente vinieron imágenes de su cuerpo desnudo. Nunca había pensado en la madre de mi amiga de aquella manera, y no sabía si sería por el alcohol, pero en aquel momento sentí una ligera excitación al imaginarla desnuda y pidiéndome que la penetrara.
- ¿En este estado vienes, hija mía? Vaya horas…
- No se preocupe, Carmen, simplemente algo le sentó mal. En realidad no bebimos tanto.
- Bueno venga, te ayudo a llevarla hasta su cuarto. Menos mal que estabas tú por allí para ayudarla, porque como hubiera tenido que volver por su propio pie, a saber dónde habría acabado.
Cuando por fin estábamos en su habitación, después de otros 15 largos minutos de camino por el pasillo, y ya íbamos a tumbarla en su cama, Alicia empezó a sufrir arcadas. Todo el alcohol que tenía en su cuerpo luchaba por salir, y acabó vomitándome encima.
- ¡Mierda! – No pude evitar exclamar. - ¡Mira cómo me has puesto!
La madre de mi amiga empezó a reírse a carcajadas. Al hacerlo, se inclinó hacia adelante, ofreciéndome una hermosa vista de su escote que no pude evitar observar. Ella pareció darse cuenta, así que retiré la vista rápidamente.
- Pobre, ¡cómo te ha puesto! Vete al baño a lavarte anda. Ya me encargo yo de desnudarla y de meterla en la cama.
Fui al baño y cerré la puerta para proceder a la limpieza. Mi camisa y mi pantalón estaban bastante manchados del vómito de mi amiga, así que me los quité con todo el cuidado que pude. Aun así, como la mayor parte había caído en la zona de mi entrepierna, acabé manchando también mi cuerpo y mi ropa interior. No me quedó más remedio que quitarme también los calzoncillos, quedándome por tanto solo con los zapatos y los calcetines, tras lo cual me senté en el inodoro y empecé a limpiarme con cuidado con unas toallitas húmedas.
Apenas había empezado, vi que la puerta del baño se habría y asomaba la hermosa cabeza de la madre de mi amiga, que me miraba sonriente.
- ¿Cómo va eso, chico guapo?
Sentirme observado en esa situación por aquella atractiva mujer en camisón me produjo un extraño calor que no había sentido antes. Una extraña mezcla de vergüenza y excitación.
- Pues acabo de empezar, Carmen. Ya ve usted cómo estoy.
- ¿Quieres que te ayude? Al fin y al cabo ha sido mi hija la que te ha puesto así.
- Bueno – titubeé – es que estoy desnudo ¿sabe? No sé…
- Jeje, ya veo que lo estás, pero a ver si te crees que a mi edad me voy a asustar por ver a un jovencito desnudo. He criado a un chico yo sola, ¿sabes?
Y sin esperar mi confirmación, entró en el baño, cogió otra toallita, y se dispuso a limpiarme. Allí estaba yo, con mi pene flácido y ligeramente encogido por el frío, delante de una atractiva señora en camisón. La luz del baño ahora sí que me permitió observar que no llevaba sostén, aunque sí bragas. Carmen no dudó en limpiar en zonas cercanas a mi pene, aunque sin entrar en contacto con él directamente. Yo no podía dejar de pensar que estaba observando detenidamente mi miembro. El calor dentro de mí iba en aumento.
Después de un par de minutos en silencio, Carmen habló:
- De hecho, te aseguro que no me asusto por verte así, porque mi hijo tiene el pene más grande que tú. Al menos así flácido, porque erecto nunca se lo vi, lógicamente.
- Bueno, es que hace mucho frío ¿sabe?
- Ooh, ¿te molesta que haga esos comentarios sobre tu pene, chico guapo?
- No, no, claro que no. Pero es la verdad.
- No deberías molestarte, porque de todas maneras tienes un pene muy bonito. Más bonito que el de mi exmarido, en realidad.
El calor dentro de mí empezó a crecer sin control. Ya no había marcha atrás: empecé a tener una erección. Carmen lo notó en seguida, lo cual me confirmó que no perdía detalle de mi pene. Yo traté de taparme un poco, lo cual era realmente complicado, ya que ante todo quería seguir limpiándome.
- Vaya, parece que tu pequeño amiguito se está despertando, ¿no? ¿A qué se debe?
Volví a titubear considerablemente. Gran parte de mi sangre se estaba empleando en hacer crecer mi pene, y entre eso, la vergüenza y el sueño, me costaba pensar con claridad.
- Bueno… verá… es que es usted muy guapa, y… bueno, muy sexy también la verdad. Perdóneme, por favor, pero es que no lo puedo evitar.
Para mi sorpresa, ella sonrió ampliamente. Tenía una sonrisa preciosa, sus labios no eran especialmente carnosos, pero la sonrisa era amplia, y los dientes estaban inmaculados.
- Eres un cielo. Muchas gracias por pensar eso de mí. A mi edad siempre es agradable resultarle atractiva a alguien, en especial a un chico joven como tú, que conoce a chicas como mi hija y sus amigas.
La excitación que empezaba a sentir me hizo desinhibirme más y hablar con más sinceridad. Empecé a pensar también en que tenía ganas de llegar a casa para masturbarme pensando en lo que me estaba ocurriendo en ese momento.
- Su hija es más joven, y la verdad es que está muy buena. Pero usted es mucho más guapa. Si tuviera que elegir, me quedaría con usted sin dudarlo.
- Pues muchas gracias de nuevo, de verdad. Entonces no te tapes y exhibe bien tu erección, ¿no? Si se debe a mí, creo que es justo que la observe.
Sin dudarlo ni un segundo, aparté el brazo que tapaba parcialmente mi pene, que se levantó del todo, quedando a pocos centímetros de los ojos de Carmen. Ella se quedó mirándolo fijamente durante unos segundos que a mí se me hicieron eternos, tras lo cual siguió limpiándome diligentemente.
Era la situación más morbosa que había vivido nunca. Sentía que estaba a punto de explotar. Tenía unas ganas increíbles de masturbarme y derramar todo mi semen sobre su hermosa cara. Sin embargo, ella no volvió a hacer ninguna referencia al tema, y durante unos 5 minutos seguimos limpiando en silencio.
- Bueno – dijo ella – esto ya está listo, ¿no te parece?
Yo asentí sin decir nada.
- Solo queda una cosa por limpiar – continuó Carmen. – Llevamos ya un rato sin decir nada sobre tu pene, y sin embargo sigue erecto. Debes estar realmente excitado, ¿no?
- Pues… sí, la verdad es que sí. Sinceramente en cuanto llegue a casa voy a masturbarme pensando en usted. Y estoy seguro de que será la mejor paja de mi vida.
- Bueno, chico guapo, creo que no merece la pena que esperes a llegar a tu casa.
Y tal cual estaba yo sentado, abrió ella la boca y se metió mi pene entero en su boca. Empezó a chuparlo tranquilamente, casi con delicadeza, pero apretando bastante con los labios y jugueteando con la lengua. Mi excitación alcanzó límites desconocidos para mí. Inevitablemente, y para mi gusto muy rápidamente, eyaculé dentro de su boca. Ella sonrió un poco al sentir mi semen, lo cual me encendió aún más e hizo salir de mí otra descarga.
- Vaya, ha sido rápido, chico guapo.
- No, por favor, estoy tan excitado que podría seguir horas. No me deje todavía. Me gustaría hacerla disfrutar también.
- Vale, cielo, seguiremos. Pero no te preocupes, tú ya me has hecho disfrutar.
Cada palabra que salía de su boca me seguía excitando más y más.
- Tal vez – añadió – deberíamos ir a mi cama, ¿no te parece?
Me cogió de la mano, y me condujo hasta su dormitorio, para lo cual tuvimos que pasar por delante del cuarto de su hija. La puerta estaba abierta, y al pasar me dio la impresión de que Alicia tenía los ojos abiertos. Crucé los dedos porque estuviese aún lo suficientemente borracha como para no creer en lo que estaba viendo.
Cuando llegamos al dormitorio, mi nueva musa se quitó el camisón que llevaba, lo cual me permitió observar por fin sus grandes pechos, ya ligeramente caídos por la edad, pero aún muy hermosos y apetecibles. Me dirigí hacia ellos, para chuparlos con intensidad, lo cual hizo que Carmen volviera a reír.
- Me encanta tu risa, ¿sabes? Me excita muchísimo – le dije.
Ella sonrió ampliamente, pero no dijo nada. Solo me miró, y se quitó las bragas. Su hermosa vagina quedó a la vista. No estaba depilada, aunque no tenía demasiado vello, y éste era de un tono rubio precioso. En aquel momento me resultó la vagina más bonita que había visto nunca, aunque también es cierto que no había tenido ocasión de ver muchas. Empujé a Carmen con delicadeza hasta que se tumbó en la cama, y me puse sobre ella para devolverle el favor que me había hecho ella en el baño. Empecé a lamer su clítoris, primero poco a poco y luego con más intensidad. Sentí que su espalda se arqueaba, y deseé que fuese por el placer que le estaba proporcionando. Después de unos cortos minutos, ella tiró de mí hacia arriba. Me puse encima de ella por completo, y empecé a besarla. Sentía que estaba a punto de eyacular de nuevo, y me dio la impresión de que ella también, por lo que la penetré. Me moví sobre ella, tratando de hacerlo con cuidado, porque no quería hacerle daño. Sin embargo, ella tenía cara de deseo, de lujuria. Me estaba pidiendo más intensidad con la mirada. Fui moviéndome con más rapidez hasta que, por fin, sentí cómo derramaba una buena cantidad de semen dentro de ella. La cara de placer que ella puso en ese momento se me quedó grabada en la mente, y supe perfectamente que me iba a ser muy útil en mis fantasías solitarias.
Me quedé tumbado encima de ella, cansado de toda la actividad y del cúmulo de sucesos que me habían acaecido aquella maravillosa y loca noche. Después de un rato, ella me presionó con delicadeza en el costado, dándome a entender que prefería que me quitase de encima de ella.
- ¿Qué tal, chico guapo, has disfrutado?
- Muchísimo, Carmen, ha sido el mejor polvo de mi vida con diferencia.
Ella sonrió con vehemencia.
- Eres muy amable, pero realmente me cuesta creerlo.
- Pues créetelo, porque ha sido increíble. Eres maravillosa.
Ella sonrió, me acarició la cara y me besó en los labios. Su saliva mojó mis labios, lo cual me produjo un suave hormigueo en la zona del estómago. De repente, me di cuenta de que necesitaba ir al servicio.
- Ahora vengo, ¿vale? Necesito ir al baño – ella sonrió y asintió con la cabeza.
Estuve un buen rato evacuando mi vejiga, fundamentalmente debido al alcohol que había bebido durante la noche junto con Alicia. Alicia… Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella. Mucho más del habitual, de hecho. ¿Cómo estaría? En ese momento, se abrió la puerta del baño, y yo sonreí, pensando que sería Carmen. Me di la vuelta con mi pene en la mano, agitándolo suavemente, y al hacerlo me encontré cara a cara con Alicia, que tenía la cara increíblemente blanca, no supe si del susto al verme o del mal cuerpo que se le había quedado tras vomitar, mirándome con los ojos muy abiertos. Estaba tapada con una manta ligeramente abierta, lo cual me permitió observar que llevaba únicamente el tanga que ya le había visto antes al agacharse cuando tratábamos de entrar en su casa. Su pecho derecho, pezón incluido, quedaba ligeramente a la vista. Solté mi pene rápidamente, y lo tapé con ambas manos.
- Alicia… ¿Qué tal, cómo estás? – acerté a preguntar.
Ella tardó unos segundos en reaccionar, tras lo que dijo:
- ¿Qué haces desnudo?
Mi mente, que afortunadamente ya estaba mucho más activa después de haberme desahogado con Carmen, se puso a pensar una excusa frenéticamente.
- Bueno, es que como era muy tarde cuando te traje aquí, tu madre me dijo que me podía quedar a dormir aquí. Y bueno… yo es que normalmente duermo así.
- Ah… vale – su rostro pareció relajarse un poco, lo cual me hizo pensar que me había creído. Después, sonrió pícaramente y dijo - ¿Sabes? Tienes el pene más pequeño de lo que me había imaginado.
- ¿Tú… tú te habías imaginado mi pene?
- Sí, claro, muchas veces. Espero que no te moleste. ¿Acaso tú nunca me has imaginado a mí desnuda?
- Pues… no sé, puede que alguna vez, por curiosidad – respondí nervioso. - No me acuerdo bien.
- ¿Por curiosidad? – Dijo ella burlona – Jajaja. Eres muy raro.
Su actitud desinhibida, unido a que seguía sin taparse su hermoso cuerpo desnudo, hizo que sintiera cómo mi pene empezaba a crecer nuevamente, y además con bastante velocidad. Mi amigo estaba realmente hambriento aquella noche. Llegó un punto en que tuve que sostenerlo con las dos manos para que no quedara a la vista. Lógicamente, ella se percató de mi situación.
- Vaya – dijo, - parece que alguien más se ha levantado, ¿no? Quita las manos, que quiero verlo.
Pensando en que Carmen nos escucharía en cualquier momento, quité las manos y le mostré mi pene erecto a Alicia. Ella se acercó y lo agarró fuertemente con su mano derecha. Al hacerlo, la manta que llevaba se deslizo fuera de su hombro derecho, lo que hizo que se cayera entera al suelo por el peso. Por fin pude observar sus curvas perfectamente. Era realmente atractiva. Sus pechos eran más pequeños que los de su madre, pero eran mucho más tersos y duros, y cada uno tenía en el centro un pequeño pezón de tono rosáceo. Realmente apetecía pasar la cara por ellos. Me excité repentinamente, y mientras ella seguía sujetando mi pene, eyaculé sobre el suelo del cuarto de baño.
- ¿Ya? – dijo ella con tono triste. – Vaya, sí que eres rápido.
- Lo siento, pero es que me ha excitado mucho verte - respondí.
- Bueno, si es por eso me parece bien – dijo sonriendo. – En ese caso buenas noches, me voy a seguir durmiendo. Llámame mañana y vamos a algún lado, ¿vale?
- Sí.
Ella se acercó a mí, todavía con mi pene en su mano, me dio dos besos, y se dio la vuelta, dejando a mi vista sus redondas nalgas con el tanga en medio. Yo me dirigí al dormitorio de Carmen, donde estaba ella, sonriendo ampliamente.
- Sí que has tardado en vaciar la vejiga. ¿Dónde has ido?
- Verás, es que…
- No te preocupes, chico guapo, ya sé lo que ha pasado.
- ¿Y no te molesta? – le pregunté.
- Claro que no, es normal. No puedo pretender competir con mi hija.
- No digas eso, lo que he hecho contigo supera con creces a lo que he hecho con ella, te lo prometo.
- Vale, muchas gracias. Pues entonces yo voy a dormir, ¿vale? Si quieres quedarte no hay problema.
- No, creo que me iré a mi casa – dije.
- Como quieras. Ya nos veremos cuando vengas a visitar a mi hija.
- Bueno… A mí me gustaría verte también a solas.
Ella me sonrió por última vez, y dijo:
- Ya veremos.
Y sin decir nada más, se dio la vuelta y se puso a dormir. Yo me quedé mirando fijamente su cuerpo desnudo, notando cómo mi pene empezaba a crecer y endurecerse nuevamente.

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