Relatos eróticos
jueves, 14 de junio de 2018
Noche de verano
Eran las tres y media de la
mañana y hacía un calor infernal. Estaba tumbado en la cama, desnudo, tratando
de dormir, pero era completamente imposible. No corría ni la más ligera brisa
de aire, y la temperatura en el dormitorio debía superar los 30 grados. Mi
cuerpo estaba totalmente empapado en sudor. Empecé a sentir sed, así que decidí
ir a la cocina a beber agua. Como era tan tarde, no me vestí. Teniendo en
cuenta la hora, veía poco probable que ninguno de mis compañeros de piso, un
chico y una chica que estudiaban conmigo en la universidad, se levantase y me
viese así.
En cuanto el agua empezó a pasar
por mi garganta sentí un gran alivio. Sabía que en cuanto terminase iba a
empezar a sudar toda el agua que estaba bebiendo, pero no me importó. Un pequeño
hilo de agua se deslizó por las comisuras de mis labios. Estaba tan
concentrado, que escuché cómo una llave entraba en la cerradura de la puerta un
segundo más tarde de lo debido, y me quedé sin posibilidad de reacción. Julia,
mi compañera de piso, acaba de entrar en el apartamento acompañada de una amiga
suya a la que no conocía. Ambas estaban en evidente estado de embriaguez,
riendo sin parar. La cocina estaba a la izquierda de la puerta de entrada nada
más entrar en el domicilio, lo cual hacía imposible que saliese de la cocina
sin que me viesen. Decidí quedarme allí, esperando que pasasen de largo hacia
el cuarto de Julia y no se fijasen en mí. No hubo suerte. En cuando pasaron por
delante de la cocina, la luz encendida hizo que reparasen en mí. Yo me tapé el
pene con las dos manos, para evitar que me viesen. Me miraron de arriba abajo
durante dos segundos, tras lo cual empezaron a reírse a carcajadas. Mi amiga
Julia era una chica menuda de 19 años, pelo largo rizado, de grandes ojos
marrones y bonita sonrisa, con una nariz respingona. Su desconocida amiga era
una chica también de unos 19 años de lo más normal, ni gorda ni delgada, ni
guapa ni fea, ni alta ni baja, aunque el tono pelirrojo de su cabello y sus ojos
claros le daban un cierto toque morboso muy agradable. Ambas iban con vestidos
escasos de tela que encajaban bien con la época del año en la que nos
encontrábamos, y que tapaban lo mínimo tanto por arriba como por abajo.
- Vaya, ¡menudo recibimiento nos das!
Con compañeros como tú da gusto volver a casa – dijo Julia. Resultaba difícil
entenderla de lo que había bebido.
- Pensaba que tanto Raúl como tú
estaríais ya durmiendo.
- Jajaja, no hay problema, yo
encantada.
- Bueno, me voy a mi cuarto,
buenas noches – dije, deseando que me dejaran pasar sin más problemas.
- Nooo, espera, que te voy a
presentar a mi nueva amiga – dijo mientras me agarraba por un brazo. - La acabo
de conocer, pero es un encanto, ya lo verás. Se llama Laura.
- Pero qué dices, Julia, ¿no ves
cómo estoy? Déjame, por favor.
Laura se interpuso en mi camino y
me dio dos besos. Como Julia me estaba sujetando por detrás no pude evitarlo.
No veía el momento de salir de allí de una vez. ¡En buena hora se me ocurrió
salir así de mi dormitorio!
- Bueno, venga, ya me la has
presentado. ¿Me puedo ir ya por favor?
- ¿Pero por qué te quieres ir? Si
sé que siempre te he gustado. Deberías estar encantado de que te viera así.
Además, resulta que mi nueva amiga es virgen. Ya que estás así, podrías hacerle
un favor, ¿no?
- Oh, sí, por favor – dijo Laura,
hablando por primera vez. – Tengo ganas de saborear un pene de una vez.
Tras decir estoy, me dio un
fuerte abrazo, lo que hizo que sintiera sus pechos contra mí. Eran blandos, y
no pude evitar imaginarme que eran redondos, con pezones de un ligero tono rosáceo.
El abrazo duró unos diez segundos, y al separarse ya había comenzado una cierta
rigidez en mi miembro. Ella, al verlo, abrió mucho la boca, se puso de rodillas
y empezó a besar mi pene. Desde mi posición tenía una hermosa vista de su
escote, lo que hizo que la rigidez fuese en aumento. Yo empecé a tocar a Julia,
que seguía detrás de mí, y que desde luego me resultaba mucho más apetecible
que Laura.
- No, las manos quietas de
momento – dijo ella. – Yo soy el postre. Si quieres follarme, primero tendrás
que follarte a Laura.
Mi menté pensó durante medio
segundo, tras lo cual levanté a Laura y la incliné sobre la mesa de la cocina.
No tuve ni que levantarle el vestido, y no llevaba ropa interior, así que al
inclinarla todo su culo quedó a mi vista. La penetré y empecé a moverme con
intensidad para terminar lo más rápido posible. Quería hacerla disfrutar, pero
no podía evitar pensar que mi objetivo era Julia, que estaba de pie, a nuestro
lado, mirándonos con media sonrisa en el rostro.
Aunque estaba bastante excitado,
aquella situación no pasaba por mi mente cuando me levanté a beber agua, por lo
que tardé un rato en eyacular. Cuando por fin terminé, me quedé unos segundos
dentro de ella, para que me sintiera bien.
- Bueno, – le dije a Julia – ya
he cumplido, ¿no?
- Mmmmm, no sé, no sé… ¿Tú has
disfrutado, Laura?
- Síí, mucho, pero me gustaría
que me comiera el coño un rato – dijo Laura.
- Venga ya, ¿en serio? – no podía
creérmelo; yo solo podía pensar en el cuerpo desnudo de Julia, que todavía no
había tenido la suerte de ver.
- Si quieres tenerme, ya sabes lo
que tienes que hacer.
Viendo que no tenía otro remedio,
ahora fui yo el que se puso de rodillas, y procedí a lamer la vagina de Laura.
Tenía un cierto gusto extraño, tal vez debido a que mi semen acaba de pasar por
ahí, aunque afortunadamente no me encontré ninguna prueba de ello más allá del
sabor.
Estuve unos tres minutos lamiendo
y besando su vagina, y metiendo los dedos con cuidado. Sentía cómo los músculos
se contraían del placer.
- Ya sí es suficiente, ¿no? – le
pregunté a Laura
- Síí, muchas gracias, ha sido
genial.
- Anda, ven aquí, tonto – dijo
Julia, por fin, mientras se desabrochaba el vestido. Ella sí que llevaba ropa
interior: un precioso tanga azul y negro.
No me lo tuvo que repetir dos
veces; me levanté y fui hacia ella. Le bajé de un fuerte tirón el tanga y así,
por fin, la tuve totalmente desnuda frente a mí. Era aún mejor de lo que me
había imaginado (y lo había imaginado en innumerables ocasiones). Tenía unos
pechos de buen tamaño, pero naturales, redondos y en la posición perfecta. El
entrenamiento que hacía casi diariamente le hacía tener unas hermosas curvas y
un cuerpo ligeramente fibrado. La vagina estaba depilada al completo, dejando a
la vista unos hermosos labios que estaba deseando besar, y que dejaban levemente
a la vista las capas inferiores de su sexo. La tumbé en el suelo, y empecé a
besar su vagina. Nuevamente noté cómo se contraía el cuerpo por el placer.
Mientras tanto, Laura se puso a tocarme el pene. Parecía obsesionada con él; se
limitaba a tocarlo y chuparlo siempre que podía. Entre la excitación por estar
comiéndole la vagina a Julia, lo cual llevaba un año y medio soñando con hacer,
y la estimulación que me producía Laura, volvía a eyacular de nuevo, lo cual
encantó a Laura.
- Oooh, qué bonito, más semen – y
por el rabillo del ojo vi cómo posaba sus dedos sobre el líquido, que había
caído al suelo de la cocina, y se los llevaba a la boca. – Está muy rico,
¿sabes?
No le hice mucho caso. Estaba
concentrado en hacer disfrutar a Julia. Quería que para ella fuese inolvidable,
que quisiese repetir lo antes posible.
Después de saborear esos ricos
labios durante varios minutos, pasé a saborear los labios de su boca. La penetré,
con más delicadeza de lo que había hecho con Laura, y empecé a moverme.
Mientras lo hacía no podía dejar de mirar su preciosa cara, y me resultó
tremendamente excitante que ella también lo hiciera. En esa situación, como no
podía ser de otra manera, en poco tiempo ya estaba a punto de eyacular de
nuevo. Cuando lo hice, sentí como si un rayo recorriera todo mi cuerpo. Ahora
fui yo quien contrajo todos sus músculos. Después de eso, me quedé tumbado
encima suya, completamente inmóvil. Solo deseaba quedarme allí, sin que nadie
se moviera, hasta que tuviésemos ganas de tener sexo otra vez. No quería que
ese momento se acabase nunca. Sin embargo, Julia me empujó con delicadeza hacia
un lado, y se puso de pie. Las dos, Julia y Laura, totalmente desnudas, me observaban
desde la altura, mi pene todavía erecto y ligeramente mojado en la punta debido
a todo el semen que había expulsado.
- Qué bonitos se ven vuestros
coños desde aquí. ¿Puedo hacerles una foto? – les dije.
Ellas se rieron. Lamentablemente
se lo tomaron a broma. Fue una pena, porque habría sido un material maravilloso
para cuando decidiese masturbarme en el futuro.
Me puse en pie, y ahora fui yo el
que las abrazó a las dos. Al hacerlo, mi pene entró en contacto con la cadera
de Laura, que empezó a reírse.
- Esto tenemos que repetirlo,
¿vale? – dije, deseando que esta vez no se lo tomaran a broma.
- Bueno, ya lo veremos. No todos
los días voy a haber bebido lo suficiente como para querer tener sexo contigo –
dijo Julia.
Laura empezó a vestirse, pero afortunadamente
Julia se quedó desnuda por el momento.
- Yo debería irme – dijo Laura,
riendo como casi siempre.
Vino hacia mí, me dio un fuerte
abrazo, un beso en los labios y una ligera chupada en el pene, y se dirigió
hacia Julia.
- Bueno Julia, luego hablamos,
¿vale?
Y casi sin esperar a la respuesta
de Julia, se dirigió a la puerta y se fue.
Julia y yo nos quedamos callados,
apoyados en la pared de la cocina, y mirándonos fijamente durante unos
segundos. Me daba miedo hablar, porque no quería que aquel momento de felicidad
se acabase. Finalmente, fue ella la que rompió el silencio:
- Bueno, deberíamos vestirnos,
¿no?
- ¿Por qué? Yo estoy muy cómodo
así. De hecho recuerda que cuando llegasteis ya estaba así vestido – dije,
mientras hacía las señas de las comillas con las manos. – Deberías probar a
estar un día así, es muy agradable.
- Me lo pensaré. Otro día que
esté tan bebida como hoy tal vez lo haga – dijo mientras me guiñaba un ojo. -
Pero por hoy creo que ha sido suficiente. Me voy a dormir que tengo mucho
sueño.
Y tremendamente animado por esta nueva perspectiva, me
dirigí a mi dormitorio para tratar de conciliar el sueño, lo cual sabía que me
costaría mucho menos de lo que me había costado hasta antes de levantarme a
beber agua.
La madre de mi amiga. Capitulo I
Capítulo I
Noche de fiesta hasta las 4 de la
mañana. Como era tarde, acompañé a Alicia a su casa. Me daba miedo dejarla irse
sola a su apartamento a esas horas y en el estado en que se encontraba: totalmente
borracha. Más aún teniendo en cuenta que era una chica realmente atractiva.
Pelo castaño, ojos de un precioso tono almendrado, cara fina y angulosa, y con
una bonita figura. Al llegar a su apartamento y tratar de meter las llaves en
la cerradura, se le cayeron hasta cuatro veces al suelo. Cada vez que se
agachaba, el vestidito suelto negro de tirantes que llevaba se le levantaba
dejando a la vista un precioso tanga rojo que se le metía entre sus nalgas.
Evidentemente me contuve, porque no habría podido aprovecharme de mi amiga en
una situación así, a pesar de lo mucho que me gustaba. Aun así, no pude evitar
deleitarme la vista cada vez que se inclinaba para recoger las llaves.
Cuando por fin entramos en su
casa, después de más de 5 minutos en la puerta, la acompañé a su habitación. A
mitad de camino, nos encontramos a su madre. Era una señora de unos 45 años,
rubia de ojos verdes y de buen porte. Llevaba un camisón largo, lo
suficientemente translúcido como para pensar que en caso de haber habido más
luz habría podido disfrutar ligeramente de su anatomía. Al verla, pensé que
probablemente no llevaría ropa interior, y a mi mente vinieron imágenes de su
cuerpo desnudo. Nunca había pensado en la madre de mi amiga de aquella manera,
y no sabía si sería por el alcohol, pero en aquel momento sentí una ligera
excitación al imaginarla desnuda y pidiéndome que la penetrara.
- ¿En este estado vienes, hija
mía? Vaya horas…
- No se preocupe, Carmen,
simplemente algo le sentó mal. En realidad no bebimos tanto.
- Bueno venga, te ayudo a
llevarla hasta su cuarto. Menos mal que estabas tú por allí para ayudarla,
porque como hubiera tenido que volver por su propio pie, a saber dónde habría
acabado.
Cuando por fin estábamos en su habitación,
después de otros 15 largos minutos de camino por el pasillo, y ya íbamos a
tumbarla en su cama, Alicia empezó a sufrir arcadas. Todo el alcohol que tenía
en su cuerpo luchaba por salir, y acabó vomitándome encima.
- ¡Mierda! – No pude evitar
exclamar. - ¡Mira cómo me has puesto!
La madre de mi amiga empezó a
reírse a carcajadas. Al hacerlo, se inclinó hacia adelante, ofreciéndome una
hermosa vista de su escote que no pude evitar observar. Ella pareció darse
cuenta, así que retiré la vista rápidamente.
- Pobre, ¡cómo te ha puesto! Vete
al baño a lavarte anda. Ya me encargo yo de desnudarla y de meterla en la cama.
Fui al baño y cerré la puerta
para proceder a la limpieza. Mi camisa y mi pantalón estaban bastante manchados
del vómito de mi amiga, así que me los quité con todo el cuidado que pude. Aun
así, como la mayor parte había caído en la zona de mi entrepierna, acabé
manchando también mi cuerpo y mi ropa interior. No me quedó más remedio que
quitarme también los calzoncillos, quedándome por tanto solo con los zapatos y
los calcetines, tras lo cual me senté en el inodoro y empecé a limpiarme con
cuidado con unas toallitas húmedas.
Apenas había empezado, vi que la
puerta del baño se habría y asomaba la hermosa cabeza de la madre de mi amiga,
que me miraba sonriente.
- ¿Cómo va eso, chico guapo?
Sentirme observado en esa
situación por aquella atractiva mujer en camisón me produjo un extraño calor
que no había sentido antes. Una extraña mezcla de vergüenza y excitación.
- Pues acabo de empezar, Carmen.
Ya ve usted cómo estoy.
- ¿Quieres que te ayude? Al fin y
al cabo ha sido mi hija la que te ha puesto así.
- Bueno – titubeé – es que estoy
desnudo ¿sabe? No sé…
- Jeje, ya veo que lo estás, pero
a ver si te crees que a mi edad me voy a asustar por ver a un jovencito
desnudo. He criado a un chico yo sola, ¿sabes?
Y sin esperar mi confirmación,
entró en el baño, cogió otra toallita, y se dispuso a limpiarme. Allí estaba
yo, con mi pene flácido y ligeramente encogido por el frío, delante de una
atractiva señora en camisón. La luz del baño ahora sí que me permitió observar
que no llevaba sostén, aunque sí bragas. Carmen no dudó en limpiar en zonas
cercanas a mi pene, aunque sin entrar en contacto con él directamente. Yo no
podía dejar de pensar que estaba observando detenidamente mi miembro. El calor
dentro de mí iba en aumento.
Después de un par de minutos en
silencio, Carmen habló:
- De hecho, te aseguro que no me asusto
por verte así, porque mi hijo tiene el pene más grande que tú. Al menos así
flácido, porque erecto nunca se lo vi, lógicamente.
- Bueno, es que hace mucho frío
¿sabe?
- Ooh, ¿te molesta que haga esos
comentarios sobre tu pene, chico guapo?
- No, no, claro que no. Pero es
la verdad.
- No deberías molestarte, porque
de todas maneras tienes un pene muy bonito. Más bonito que el de mi exmarido, en
realidad.
El calor dentro de mí empezó a
crecer sin control. Ya no había marcha atrás: empecé a tener una erección.
Carmen lo notó en seguida, lo cual me confirmó que no perdía detalle de mi
pene. Yo traté de taparme un poco, lo cual era realmente complicado, ya que ante
todo quería seguir limpiándome.
- Vaya, parece que tu pequeño
amiguito se está despertando, ¿no? ¿A qué se debe?
Volví a titubear
considerablemente. Gran parte de mi sangre se estaba empleando en hacer crecer
mi pene, y entre eso, la vergüenza y el sueño, me costaba pensar con claridad.
- Bueno… verá… es que es usted
muy guapa, y… bueno, muy sexy también la verdad. Perdóneme, por favor, pero es
que no lo puedo evitar.
Para mi sorpresa, ella sonrió
ampliamente. Tenía una sonrisa preciosa, sus labios no eran especialmente
carnosos, pero la sonrisa era amplia, y los dientes estaban inmaculados.
- Eres un cielo. Muchas gracias
por pensar eso de mí. A mi edad siempre es agradable resultarle atractiva a
alguien, en especial a un chico joven como tú, que conoce a chicas como mi hija
y sus amigas.
La excitación que empezaba a
sentir me hizo desinhibirme más y hablar con más sinceridad. Empecé a pensar
también en que tenía ganas de llegar a casa para masturbarme pensando en lo que
me estaba ocurriendo en ese momento.
- Su hija es más joven, y la
verdad es que está muy buena. Pero usted es mucho más guapa. Si tuviera que
elegir, me quedaría con usted sin dudarlo.
- Pues muchas gracias de nuevo,
de verdad. Entonces no te tapes y exhibe bien tu erección, ¿no? Si se debe a
mí, creo que es justo que la observe.
Sin dudarlo ni un segundo, aparté
el brazo que tapaba parcialmente mi pene, que se levantó del todo, quedando a
pocos centímetros de los ojos de Carmen. Ella se quedó mirándolo fijamente
durante unos segundos que a mí se me hicieron eternos, tras lo cual siguió
limpiándome diligentemente.
Era la situación más morbosa que
había vivido nunca. Sentía que estaba a punto de explotar. Tenía unas ganas
increíbles de masturbarme y derramar todo mi semen sobre su hermosa cara. Sin
embargo, ella no volvió a hacer ninguna referencia al tema, y durante unos 5
minutos seguimos limpiando en silencio.
- Bueno – dijo ella – esto ya
está listo, ¿no te parece?
Yo asentí sin decir nada.
- Solo queda una cosa por limpiar
– continuó Carmen. – Llevamos ya un rato sin decir nada sobre tu pene, y sin
embargo sigue erecto. Debes estar realmente excitado, ¿no?
- Pues… sí, la verdad es que sí.
Sinceramente en cuanto llegue a casa voy a masturbarme pensando en usted. Y
estoy seguro de que será la mejor paja de mi vida.
- Bueno, chico guapo, creo que no
merece la pena que esperes a llegar a tu casa.
Y tal cual estaba yo sentado,
abrió ella la boca y se metió mi pene entero en su boca. Empezó a chuparlo
tranquilamente, casi con delicadeza, pero apretando bastante con los labios y
jugueteando con la lengua. Mi excitación alcanzó límites desconocidos para mí.
Inevitablemente, y para mi gusto muy rápidamente, eyaculé dentro de su boca.
Ella sonrió un poco al sentir mi semen, lo cual me encendió aún más e hizo
salir de mí otra descarga.
- Vaya, ha sido rápido, chico
guapo.
- No, por favor, estoy tan
excitado que podría seguir horas. No me deje todavía. Me gustaría hacerla
disfrutar también.
- Vale, cielo, seguiremos. Pero
no te preocupes, tú ya me has hecho disfrutar.
Cada palabra que salía de su boca
me seguía excitando más y más.
- Tal vez – añadió – deberíamos
ir a mi cama, ¿no te parece?
Me cogió de la mano, y me condujo
hasta su dormitorio, para lo cual tuvimos que pasar por delante del cuarto de
su hija. La puerta estaba abierta, y al pasar me dio la impresión de que Alicia
tenía los ojos abiertos. Crucé los dedos porque estuviese aún lo
suficientemente borracha como para no creer en lo que estaba viendo.
Cuando llegamos al dormitorio, mi
nueva musa se quitó el camisón que llevaba, lo cual me permitió observar por
fin sus grandes pechos, ya ligeramente caídos por la edad, pero aún muy
hermosos y apetecibles. Me dirigí hacia ellos, para chuparlos con intensidad,
lo cual hizo que Carmen volviera a reír.
- Me encanta tu risa, ¿sabes? Me
excita muchísimo – le dije.
Ella sonrió ampliamente, pero no
dijo nada. Solo me miró, y se quitó las bragas. Su hermosa vagina quedó a la
vista. No estaba depilada, aunque no tenía demasiado vello, y éste era de un
tono rubio precioso. En aquel momento me resultó la vagina más bonita que había
visto nunca, aunque también es cierto que no había tenido ocasión de ver
muchas. Empujé a Carmen con delicadeza hasta que se tumbó en la cama, y me puse
sobre ella para devolverle el favor que me había hecho ella en el baño. Empecé
a lamer su clítoris, primero poco a poco y luego con más intensidad. Sentí que
su espalda se arqueaba, y deseé que fuese por el placer que le estaba proporcionando.
Después de unos cortos minutos, ella tiró de mí hacia arriba. Me puse encima de
ella por completo, y empecé a besarla. Sentía que estaba a punto de eyacular de
nuevo, y me dio la impresión de que ella también, por lo que la penetré. Me
moví sobre ella, tratando de hacerlo con cuidado, porque no quería hacerle
daño. Sin embargo, ella tenía cara de deseo, de lujuria. Me estaba pidiendo más
intensidad con la mirada. Fui moviéndome con más rapidez hasta que, por fin, sentí
cómo derramaba una buena cantidad de semen dentro de ella. La cara de placer
que ella puso en ese momento se me quedó grabada en la mente, y supe
perfectamente que me iba a ser muy útil en mis fantasías solitarias.
Me quedé tumbado encima de ella, cansado
de toda la actividad y del cúmulo de sucesos que me habían acaecido aquella
maravillosa y loca noche. Después de un rato, ella me presionó con delicadeza
en el costado, dándome a entender que prefería que me quitase de encima de
ella.
- ¿Qué tal, chico guapo, has
disfrutado?
- Muchísimo, Carmen, ha sido el
mejor polvo de mi vida con diferencia.
Ella sonrió con vehemencia.
- Eres muy amable, pero realmente
me cuesta creerlo.
- Pues créetelo, porque ha sido
increíble. Eres maravillosa.
Ella sonrió, me acarició la cara
y me besó en los labios. Su saliva mojó mis labios, lo cual me produjo un suave
hormigueo en la zona del estómago. De repente, me di cuenta de que necesitaba
ir al servicio.
- Ahora vengo, ¿vale? Necesito ir
al baño – ella sonrió y asintió con la cabeza.
Estuve un buen rato evacuando mi
vejiga, fundamentalmente debido al alcohol que había bebido durante la noche
junto con Alicia. Alicia… Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella. Mucho más
del habitual, de hecho. ¿Cómo estaría? En ese momento, se abrió la puerta del
baño, y yo sonreí, pensando que sería Carmen. Me di la vuelta con mi pene en la
mano, agitándolo suavemente, y al hacerlo me encontré cara a cara con Alicia,
que tenía la cara increíblemente blanca, no supe si del susto al verme o del
mal cuerpo que se le había quedado tras vomitar, mirándome con los ojos muy
abiertos. Estaba tapada con una manta ligeramente abierta, lo cual me permitió
observar que llevaba únicamente el tanga que ya le había visto antes al
agacharse cuando tratábamos de entrar en su casa. Su pecho derecho, pezón
incluido, quedaba ligeramente a la vista. Solté mi pene rápidamente, y lo tapé
con ambas manos.
- Alicia… ¿Qué tal, cómo estás? –
acerté a preguntar.
Ella tardó unos segundos en
reaccionar, tras lo que dijo:
- ¿Qué haces desnudo?
Mi mente, que afortunadamente ya
estaba mucho más activa después de haberme desahogado con Carmen, se puso a
pensar una excusa frenéticamente.
- Bueno, es que como era muy
tarde cuando te traje aquí, tu madre me dijo que me podía quedar a dormir aquí.
Y bueno… yo es que normalmente duermo así.
- Ah… vale – su rostro pareció
relajarse un poco, lo cual me hizo pensar que me había creído. Después, sonrió
pícaramente y dijo - ¿Sabes? Tienes el pene más pequeño de lo que me había
imaginado.
- ¿Tú… tú te habías imaginado mi
pene?
- Sí, claro, muchas veces. Espero
que no te moleste. ¿Acaso tú nunca me has imaginado a mí desnuda?
- Pues… no sé, puede que alguna
vez, por curiosidad – respondí nervioso. - No me acuerdo bien.
- ¿Por curiosidad? – Dijo ella
burlona – Jajaja. Eres muy raro.
Su actitud desinhibida, unido a
que seguía sin taparse su hermoso cuerpo desnudo, hizo que sintiera cómo mi
pene empezaba a crecer nuevamente, y además con bastante velocidad. Mi amigo
estaba realmente hambriento aquella noche. Llegó un punto en que tuve que
sostenerlo con las dos manos para que no quedara a la vista. Lógicamente, ella
se percató de mi situación.
- Vaya – dijo, - parece que
alguien más se ha levantado, ¿no? Quita las manos, que quiero verlo.
Pensando en que Carmen nos
escucharía en cualquier momento, quité las manos y le mostré mi pene erecto a
Alicia. Ella se acercó y lo agarró fuertemente con su mano derecha. Al hacerlo,
la manta que llevaba se deslizo fuera de su hombro derecho, lo que hizo que se
cayera entera al suelo por el peso. Por fin pude observar sus curvas
perfectamente. Era realmente atractiva. Sus pechos eran más pequeños que los de
su madre, pero eran mucho más tersos y duros, y cada uno tenía en el centro un
pequeño pezón de tono rosáceo. Realmente apetecía pasar la cara por ellos. Me
excité repentinamente, y mientras ella seguía sujetando mi pene, eyaculé sobre
el suelo del cuarto de baño.
- ¿Ya? – dijo ella con tono
triste. – Vaya, sí que eres rápido.
- Lo siento, pero es que me ha
excitado mucho verte - respondí.
- Bueno, si es por eso me parece
bien – dijo sonriendo. – En ese caso buenas noches, me voy a seguir durmiendo.
Llámame mañana y vamos a algún lado, ¿vale?
- Sí.
Ella se acercó a mí, todavía con
mi pene en su mano, me dio dos besos, y se dio la vuelta, dejando a mi vista
sus redondas nalgas con el tanga en medio. Yo me dirigí al dormitorio de
Carmen, donde estaba ella, sonriendo ampliamente.
- Sí que has tardado en vaciar la
vejiga. ¿Dónde has ido?
- Verás, es que…
- No te preocupes, chico guapo,
ya sé lo que ha pasado.
- ¿Y no te molesta? – le
pregunté.
- Claro que no, es normal. No
puedo pretender competir con mi hija.
- No digas eso, lo que he hecho
contigo supera con creces a lo que he hecho con ella, te lo prometo.
- Vale, muchas gracias. Pues
entonces yo voy a dormir, ¿vale? Si quieres quedarte no hay problema.
- No, creo que me iré a mi casa –
dije.
- Como quieras. Ya nos veremos
cuando vengas a visitar a mi hija.
- Bueno… A mí me gustaría verte
también a solas.
Ella me sonrió por última vez, y
dijo:
- Ya veremos.
Y sin decir nada más, se dio la vuelta y se puso a
dormir. Yo me quedé mirando fijamente su cuerpo desnudo, notando cómo mi pene
empezaba a crecer y endurecerse nuevamente.
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